Siempre pasaba por la calle Pedro Moncayo, allí tomaba el bus de la 19 que me llevaba hasta el sur, allí había vendedores de K-chito, allí había vendedores de cola en vaso, allí había ladrones, allí había putas, allí al frente estaba el parque La Victoria, más allá la escuela donde realicé mis estudios primarios, más acá las peluquerías desde donde las chicas llamaban para invitar a darte un nuevo look. De todas esas chicas amables y risueñas había una morena que me llamaba la atención, más que por su físico por su acento, y luego fue viceversa, más que por su acento por su físico y después me gustaban ambas cosas, y después me gustaba toda.
Tenía unos ojos hermosos, el cabello ondulado, el pecho y los glúteos bien pronunciados, la cintura estrecha, era de mediana estatura, su rostro fino, le gustaba usar pantalones blancos bien ajustados y sandalias de taco alto, le gustaba usar blusas que dejaban al descubierto sus hombros y que no ocultaban sus senos grandes.
Siempre me llamaba la atención, con su acento colombiano, con su mirada penetrante, con su perfume suave. Hasta que un día me acerqué y le dije que quería retocar mi barba, nada más, y así fue como empezamos a crear amistad que luego se convirtió en una compenetración sin ataduras, aunque yo sentía que era más que eso, pero nunca se lo dije porque ella me puso claras las cosas desde un inicio.
Estaba en Guayaquil trabajando, esperando reunir algo de dinero para luego volverse a su tierra, Colombia, donde trabajaba como enfermera, tenía una hija de 4 años cuyo nombre era Isabela y que estaba al cuidado de su madre, en algún momento le pregunté el motivo por el cual no la traía hasta acá, y supo responderme que el padre de la niña jamás lo permitiría.
Cuando le conté que era fotógrafo lo primero que me pidió fue que le hiciera una sesión de desnudo artístico, acepté gustoso y fui hasta el lugar donde ella vivía, fui a conocer para ver el tipo de luz que había en dicho lugar, ese día no llevé cámara, solo fui a ver en qué parte se podían realizar las fotografías. El lugar era humilde, una pieza de dos ambientes, en la parte de adelante había un mesón sobre el cual estaba una cocineta de dos hornillas, un metro más allá una nevera pequeña, ese espacio era la cocina y al lado un sofá cama, una mesa circular de madera.
El otro lado de la pieza estaba dividido por una cortina, era su habitación, toda muy bien ordenada, cada centímetro estaba limpio, y olía a flores secas, el baño estaba lleno de velas de varios colores, cada una emanaba un olor distinto, las prendía solo cuando se duchaba, decía que así se relajaba y disfrutaba más mientras el agua mojaba su cuerpo.
Ese día me preparó algo de comer, me hizo escuchar vallenatos mientras ella cocinaba, escuche esa letra, me decía, póngale asunto pues, y así empecé a tener otro criterio de dicha música, ya que hasta ese entonces consideraba al vallenato como algo demasiado trágico.
Se hizo costumbre ir hasta la peluquería donde trabajaba llamando a la gente, luego nos íbamos hasta su pieza, preparaba comida y me pedía que me quede a pasar la noche con ella, yo me marchaba antes de las siete de la mañana, iba a la casa de mis padres, que era donde vivía en esa época, a cambiarme de ropa, la dejaba aún dormida, desnuda, porque a Cinthia le gustaba dormir así, para que le haga el amor a cualquier hora de la madrugada por si se me antojaba, decía sonriendo.
Nunca se lo dije, pero siempre pensaba en cuántos, antes de mí, habían entrado a su pieza, habían comido en esa mesa circular de madera, habían amanecido con ella, se habían duchado con ella con las velas encendidas, porque yo sentía que todo se me había dado tan fácil, porque nunca me he considerado guapo ni de buen cuerpo, soy un tipo delgado, de nariz aguileña, de cabello
rebelde, pero con Cinthia casi que ni me había esforzado y todo se había dado de una manera tan perfecta.
Una sola vez me lo dijo: Me gusta un hombre que sea caballeroso, respetuoso, cariñoso, que le guste cocinar (aunque nunca dejó que cocine para ella), que le guste la lectura, que disfrute el arte en cualquiera de sus formas.
Que tenga siempre algo de qué hablar cuando sea eso lo que quiero hacer o que sepa acompañarme en los momentos en que sólo quiero estar en silencio.
Me gustan los hombres sensibles, que sepan tratar a una mujer con dulzura, que sean excelentes amantes, que digan con una mirada lo que a veces la boca no se atreve a decir.
Me gustan los hombres de verdad, los que no se vanaglorian divulgando la intimidad de una mujer, los que aprecian la belleza interior, los que les gustan los niños...
¡Me gustan los que hablan verdaderamente con orgullo y respeto de su madre, pues eso dice mucho más de su hombría, pues saben que vinieron al mundo desde el vientre de una mujer!
Me gustan aquellos que tienen buen humor, que me hacen reír, que me escuchan llorar, que disfrutan que les cante, que ría con mis ocurrencias, que se deje orientar cuando lo requiera y que humildemente permita que le halague cuando lo merezca.
Me gusta que sean ellos mismos, que no necesiten fingir en apariencias para agradar a los demás, que no se pasen de fanfarrones alardeando si tienen el mejor carro o la ropa más costosa, pues eso habla más de su materialismo que de otra cosa.
Me gustan los hombres que valoran los esfuerzos de los demás, que ve en una mujer una compañera de vida con quien avanzar, con quien dar frutos a la vida misma.
¡Me enamora un hombre que me trate como si fuese única y especial en su vida, en su mundo!
Me enamora un hombre que quiera desnudarme el alma antes que el cuerpo.
Y bueno, hay muchas cosas que me excitan...
Me excita el olfato una buena comida tanto como un hombre que huela a limpio, a delicioso, a varón, a piel, a sexo.
Me excita el gusto una rica bebida tanto como el sabor de un beso apasionado de un hombre que me encante.
Me excita el oído el canto de un ave, el trinar de las cuerdas de una guitarra, el grito de un golpe de tambor o que me digan al oído: ¡Te haré el amor hasta que quedes sin aliento!
Me excita la vista un gran paisaje natural, la sonrisa de un niño, el beso de un par de ancianos, hasta un hombre desnudo de espaldas a mí.
Me excita el tacto una suave caricia, el pétalo de una flor, el abrazo de alguien que no veo desde hace tiempo, la cosquilla de la brisa en las mejillas o una lengua hirviente recorriendo mi espalda o mis nalgas.
Me excita las entrañas recordar las patadas de Isabela cuando la gestaba desde mi vientre, la sensación dulce de besar por primera vez, la sensación de las mariposas cuando contemplas alguien que te enloquece.
Soy estricta con mi higiene personal, así que quien conozca mi intimidad se dará cuenta que huelo a miel, a tabaco, a café mañanero, a rosas en primavera, a Channel, a playa, a coco, a vida dulce, a erotismo... Un hombre que no tema besarme el cuerpo entero.
Que no le de asco clavarse entre mis piernas a enloquecerme con sexo oral, que no tema penetrar mi vagina con sus dedos mientras con locura me estremece con su lengua, que bese mis pechos como si fuera mi crío, con ganas de más, con avidez de calor humano...
Que me acaricie de pies a cabeza, que me contemple en mi más pura desnudez, pues ya habrá desnudado mi corazón, que huela mis cabellos, que muerda mi cuello, que estreche mi cintura entre sus manos, que apriete mis caderas con pasión, como si fuese el último día que las tuviera entre sus manos.
Que bese mi boca como si quisiese fusionarse conmigo, que penetre su lengua en mi boca mientras su pene me embiste con fiereza, que muerda mis labios mientras acaricio su pecho, que coja mis nalgas y las acaricie como un par de montañas...
Luego de eso creí que por primera vez entendía a una mujer, la fotografié varias veces, siento que le fotografié el alma, que capté su esencia y a nadie le conté lo que con ella estuve viviendo durante todo ese tiempo, me lo quedé para mí, y luego de un tiempo se lo conté a Tania.
Cinthia se marchó a Colombia luego de un tiempo, me dejó ubicado en su pieza, y así fue como tuve mis primeros enseres, que a la final ha sido lo único material que he tenido, pasaron unos meses y me cambié con todo a otra pieza en el centro de Guayaquil, nunca más supe de Cinthia, me dejó una dirección de correo electrónico, sin embargo, cada vez que le escribía, la carta no podía ser enviada.
No entiendo las razones que me hizo hablar de ella a Tania, quizás simplemente la extrañaba y en el fondo no lo reconocía. Aún conservo sus fotografías, mi preferida es una en la que está vestida con una blusa de tiras color beige, es casi un retrato, su mirada está hacia abajo, su cabello está hacia su hombro derecho, la luz que penetraba a través de la cortina le da un resplandor hermoso en su rostro. Levanta más la nalga mi amor, eso, así, te va a salir una foto preciosa, quiero aprovechar el resplandor en tus glúteos, le decía, y Cinthia se sentía mi musa y hacía todo lo que le pedía, ¿pero no entiendo por qué tienes que desvestirte para hacerme las fotos?, me preguntaba sonriendo, para hacerte el amor luego, le respondía y le tiraba un besito y le apretaba despacio un pezón, siempre el derecho, sin saber por qué, pero siempre el derecho, luego su seno cabía en mi mano. Cada vez que paso por la calle Pedro Moncayo es inevitable recordarla, aquella morena preciosa de acento colombiano que me invitaba a que me corte el cabello en la peluquería en la que ella trabajaba.
Tenía unos ojos hermosos, el cabello ondulado, el pecho y los glúteos bien pronunciados, la cintura estrecha, era de mediana estatura, su rostro fino, le gustaba usar pantalones blancos bien ajustados y sandalias de taco alto, le gustaba usar blusas que dejaban al descubierto sus hombros y que no ocultaban sus senos grandes.
Siempre me llamaba la atención, con su acento colombiano, con su mirada penetrante, con su perfume suave. Hasta que un día me acerqué y le dije que quería retocar mi barba, nada más, y así fue como empezamos a crear amistad que luego se convirtió en una compenetración sin ataduras, aunque yo sentía que era más que eso, pero nunca se lo dije porque ella me puso claras las cosas desde un inicio.
Estaba en Guayaquil trabajando, esperando reunir algo de dinero para luego volverse a su tierra, Colombia, donde trabajaba como enfermera, tenía una hija de 4 años cuyo nombre era Isabela y que estaba al cuidado de su madre, en algún momento le pregunté el motivo por el cual no la traía hasta acá, y supo responderme que el padre de la niña jamás lo permitiría.
Cuando le conté que era fotógrafo lo primero que me pidió fue que le hiciera una sesión de desnudo artístico, acepté gustoso y fui hasta el lugar donde ella vivía, fui a conocer para ver el tipo de luz que había en dicho lugar, ese día no llevé cámara, solo fui a ver en qué parte se podían realizar las fotografías. El lugar era humilde, una pieza de dos ambientes, en la parte de adelante había un mesón sobre el cual estaba una cocineta de dos hornillas, un metro más allá una nevera pequeña, ese espacio era la cocina y al lado un sofá cama, una mesa circular de madera.
El otro lado de la pieza estaba dividido por una cortina, era su habitación, toda muy bien ordenada, cada centímetro estaba limpio, y olía a flores secas, el baño estaba lleno de velas de varios colores, cada una emanaba un olor distinto, las prendía solo cuando se duchaba, decía que así se relajaba y disfrutaba más mientras el agua mojaba su cuerpo.
Ese día me preparó algo de comer, me hizo escuchar vallenatos mientras ella cocinaba, escuche esa letra, me decía, póngale asunto pues, y así empecé a tener otro criterio de dicha música, ya que hasta ese entonces consideraba al vallenato como algo demasiado trágico.
Se hizo costumbre ir hasta la peluquería donde trabajaba llamando a la gente, luego nos íbamos hasta su pieza, preparaba comida y me pedía que me quede a pasar la noche con ella, yo me marchaba antes de las siete de la mañana, iba a la casa de mis padres, que era donde vivía en esa época, a cambiarme de ropa, la dejaba aún dormida, desnuda, porque a Cinthia le gustaba dormir así, para que le haga el amor a cualquier hora de la madrugada por si se me antojaba, decía sonriendo.
Nunca se lo dije, pero siempre pensaba en cuántos, antes de mí, habían entrado a su pieza, habían comido en esa mesa circular de madera, habían amanecido con ella, se habían duchado con ella con las velas encendidas, porque yo sentía que todo se me había dado tan fácil, porque nunca me he considerado guapo ni de buen cuerpo, soy un tipo delgado, de nariz aguileña, de cabello
rebelde, pero con Cinthia casi que ni me había esforzado y todo se había dado de una manera tan perfecta.
Una sola vez me lo dijo: Me gusta un hombre que sea caballeroso, respetuoso, cariñoso, que le guste cocinar (aunque nunca dejó que cocine para ella), que le guste la lectura, que disfrute el arte en cualquiera de sus formas.
Que tenga siempre algo de qué hablar cuando sea eso lo que quiero hacer o que sepa acompañarme en los momentos en que sólo quiero estar en silencio.
Me gustan los hombres sensibles, que sepan tratar a una mujer con dulzura, que sean excelentes amantes, que digan con una mirada lo que a veces la boca no se atreve a decir.
Me gustan los hombres de verdad, los que no se vanaglorian divulgando la intimidad de una mujer, los que aprecian la belleza interior, los que les gustan los niños...
¡Me gustan los que hablan verdaderamente con orgullo y respeto de su madre, pues eso dice mucho más de su hombría, pues saben que vinieron al mundo desde el vientre de una mujer!
Me gustan aquellos que tienen buen humor, que me hacen reír, que me escuchan llorar, que disfrutan que les cante, que ría con mis ocurrencias, que se deje orientar cuando lo requiera y que humildemente permita que le halague cuando lo merezca.
Me gusta que sean ellos mismos, que no necesiten fingir en apariencias para agradar a los demás, que no se pasen de fanfarrones alardeando si tienen el mejor carro o la ropa más costosa, pues eso habla más de su materialismo que de otra cosa.
Me gustan los hombres que valoran los esfuerzos de los demás, que ve en una mujer una compañera de vida con quien avanzar, con quien dar frutos a la vida misma.
¡Me enamora un hombre que me trate como si fuese única y especial en su vida, en su mundo!
Me enamora un hombre que quiera desnudarme el alma antes que el cuerpo.
Y bueno, hay muchas cosas que me excitan...
Me excita el olfato una buena comida tanto como un hombre que huela a limpio, a delicioso, a varón, a piel, a sexo.
Me excita el gusto una rica bebida tanto como el sabor de un beso apasionado de un hombre que me encante.
Me excita el oído el canto de un ave, el trinar de las cuerdas de una guitarra, el grito de un golpe de tambor o que me digan al oído: ¡Te haré el amor hasta que quedes sin aliento!
Me excita la vista un gran paisaje natural, la sonrisa de un niño, el beso de un par de ancianos, hasta un hombre desnudo de espaldas a mí.
Me excita el tacto una suave caricia, el pétalo de una flor, el abrazo de alguien que no veo desde hace tiempo, la cosquilla de la brisa en las mejillas o una lengua hirviente recorriendo mi espalda o mis nalgas.
Me excita las entrañas recordar las patadas de Isabela cuando la gestaba desde mi vientre, la sensación dulce de besar por primera vez, la sensación de las mariposas cuando contemplas alguien que te enloquece.
Soy estricta con mi higiene personal, así que quien conozca mi intimidad se dará cuenta que huelo a miel, a tabaco, a café mañanero, a rosas en primavera, a Channel, a playa, a coco, a vida dulce, a erotismo... Un hombre que no tema besarme el cuerpo entero.
Que no le de asco clavarse entre mis piernas a enloquecerme con sexo oral, que no tema penetrar mi vagina con sus dedos mientras con locura me estremece con su lengua, que bese mis pechos como si fuera mi crío, con ganas de más, con avidez de calor humano...
Que me acaricie de pies a cabeza, que me contemple en mi más pura desnudez, pues ya habrá desnudado mi corazón, que huela mis cabellos, que muerda mi cuello, que estreche mi cintura entre sus manos, que apriete mis caderas con pasión, como si fuese el último día que las tuviera entre sus manos.
Que bese mi boca como si quisiese fusionarse conmigo, que penetre su lengua en mi boca mientras su pene me embiste con fiereza, que muerda mis labios mientras acaricio su pecho, que coja mis nalgas y las acaricie como un par de montañas...
Luego de eso creí que por primera vez entendía a una mujer, la fotografié varias veces, siento que le fotografié el alma, que capté su esencia y a nadie le conté lo que con ella estuve viviendo durante todo ese tiempo, me lo quedé para mí, y luego de un tiempo se lo conté a Tania.
Cinthia se marchó a Colombia luego de un tiempo, me dejó ubicado en su pieza, y así fue como tuve mis primeros enseres, que a la final ha sido lo único material que he tenido, pasaron unos meses y me cambié con todo a otra pieza en el centro de Guayaquil, nunca más supe de Cinthia, me dejó una dirección de correo electrónico, sin embargo, cada vez que le escribía, la carta no podía ser enviada.
No entiendo las razones que me hizo hablar de ella a Tania, quizás simplemente la extrañaba y en el fondo no lo reconocía. Aún conservo sus fotografías, mi preferida es una en la que está vestida con una blusa de tiras color beige, es casi un retrato, su mirada está hacia abajo, su cabello está hacia su hombro derecho, la luz que penetraba a través de la cortina le da un resplandor hermoso en su rostro. Levanta más la nalga mi amor, eso, así, te va a salir una foto preciosa, quiero aprovechar el resplandor en tus glúteos, le decía, y Cinthia se sentía mi musa y hacía todo lo que le pedía, ¿pero no entiendo por qué tienes que desvestirte para hacerme las fotos?, me preguntaba sonriendo, para hacerte el amor luego, le respondía y le tiraba un besito y le apretaba despacio un pezón, siempre el derecho, sin saber por qué, pero siempre el derecho, luego su seno cabía en mi mano. Cada vez que paso por la calle Pedro Moncayo es inevitable recordarla, aquella morena preciosa de acento colombiano que me invitaba a que me corte el cabello en la peluquería en la que ella trabajaba.
Texto: Pedro Freire
