Son cerca de las siete de la
noche y he dado por perdido el día. Marina se me barajó antes de la una de la
tarde. Maritza me tuvo esperando por una respuesta hasta las seis y me
escribió luego solo para decirme que lo dejemos para otro día… No hay caso, hoy
no hay quien afloje.
Anochece y se me pasa por la
cabeza la idea de ir a matar unas bielas en la dieciocho. Quizás encuentre a
Stephanía en su esquina de siempre. No quisiera entrar en detalles, pero es
inevitable: ella es una quiteña de baja estatura, blanca, llena de tatuajes
(como me gusta), su cabello es negro azabache y me encanta su acento serrano.
Algunas veces hemos estado juntos… algunas veces, y me ha tratado como a
marido. La primera vez que la vi me costó creer que era trabajadora sexual. Pensé
que era impulsadora de alguna cerveza y con recelo le pregunté si estaba
trabajando en los cuartos y me dijo que sí con una sonrisa hermosa. Le pregunté
el costo y me pareció una broma cuando me lo dijo. ¿Ocho dólares para estar con
esta chica? Y sin dudar me metí con ella. Fue mi primera vez en un lugar así
con una mujer así.
Seis y cincuenta y siete. Me
meto al baño para masturbarme. Si voy a ir a encerrarme con Stephanía al menos
debo durar un poco. Empiezo por sacarme la verga. Mi mano derecha empieza a
tomar posición para hacer su trabajo, mientras mi mano izquierda aguanta sobre
la pared el peso de mi persona. Pasan cinco segundos y comienza a temblar el
edificio.
Por un momento pienso que me
estoy mareando, pero cuando escucho traquear las paredes de la oficina sé que
no. Me guardo la pieza para sentarme en el mueble y una vez que pase el
temblorcito seguir con mi tarea. Pero el temblorcito no pasa. Escucho caer
cosas afuera, escucho a la gente gritar y la sacudida toma fuerza. Hasta este
momento estoy tranquilo, pero se va la luz y algo se cae dentro de la oficina.
Por suerte ya tengo todo cerrado, así que bajo con el celular alumbrando mis
pasos.
Abajo, Carolina, la flaca
que vende las papas rellenas, está llorando desesperada y su primera reacción
es abrazarme fuerte. Llora a gritos y el relojero me dice que la abrace duro
para que se le pasen los nervios. Y lo hago. Siento sus suaves senos contra mi
pecho y la imagino desnuda en la misma situación. De pronto llega su novio. Lo
saludo, le digo que está muy asustada, le pregunto a ella si ya se siente mejor
y la dejo con su pareja. Creo que soy el único hijueputa que está pensando en
que con este temblor la dieciocho ya estará cerrada.
La ciudad está oscura, la
gente corre con pánico, unos lloran, otros oran fuerte, el centro de Guayaquil
es un desorden y yo sigo pensando en la dieciocho… Camino a lo largo de la
Colón, veo tierra y pedazos de bloques caídos debajo de las separaciones de los
edificios. Empiezo a sospechar que es un terremoto y a preguntarme dónde habrá
sido el epicentro. Pienso en mi madre también. Pero las ganas de tirar me
pueden y sigo caminando en dirección a la calle Chile. Al llegar doblo a la
izquierda y veo que hay luz en el hotel Continental. La gente sigue llorando y
me planteo la idea de consolar a alguna de esas lloronas, de hacérmele amigo,
de calmarla y luego llevarla a algún sitio, pero algo me dice que me terminarán
dando una bofetada y gritándome en media calle, así que desisto de la idea.
Avanzo hasta la plaza San
Francisco. La gente está conmocionada, pero yo no me rindo, sé que la conmoción
tiene que pasar. Todo el mundo habla, todos intentan comunicarse, todos cuentan
dónde estaban y qué hacían cuando empezó el siniestro. Se me viene a la mente
mi imagen con mi verga en la mano en el instante que empezó todo.
La 9 de Octubre es un caos,
parece que hubiese existido una guerra de piedras. La estrella que está a la
altura de PYCCA reposa en el piso. Mejor: siempre me cayó verga esa estrella.
Hay unos camarógrafos que la graban. Me imagino que la gente que estaba cerca
en el momento que caía eso se tienen que haber cagado los pantalones. Me
encuentro a un pana que trabaja en prensa. Hace fotos, me cuenta que ha sido un
terremoto, que el epicentro al parecer es en Esmeraldas, que se ha caído el
puente que está a la altura del Aguirre Abad, que de suerte sacó la cámara, que
era su día libre, que venía de no sé dónde. Me despido y camino al parque
Centenario. Doy tres vueltas a paso lento en las oscuras calles. Me acerco a
buscar algo de comida y me venden un choclo frío en dólar cincuenta. La gente
no respeta la desgracia, me digo, abusan del momento, pero igual lo compro. El
hambre es grande. Veo que no dejan entrar a la gente al paradero de la
metrovía. No hay cómo regresar a casa.
Me siento en una jardinera y
empiezo a revisar imágenes en mi Facebook. Se habla de un muerto. Al parecer le
cayó un puente encima del carro en el que viajaba. También circula la foto de
una niña fallecida en un centro comercial. La cosa es seria y yo pensando en a
quién atorar esta noche, cabreado por los desplantes de Marina y Maritza, y lo
peor de todo es que ni siquiera masturbarme pude.
Ha pasado un rato, y
empiezan a aparecer un par de chicas. Las primeras que se cruzan a mi vista son
dos jóvenes medio gorditas. La una anda con short y blusa ajustada; la otra
carga un vestido rayado, corto y unas plataformas que la hacen ver enorme. Pero
eso es un engaño. Sé perfectamente cómo se ven luego de que se bajan de sus
zapatos. Esos doce o trece centímetros menos les restan apariencia y las nalgas
como que se esconden de repente. Me pregunto si aceptará lo que le quiero
proponer, sodomizarla con el vestido puesto y el calzón arriba de las rodillas
mientras las tetas le brincan. Me pregunto dónde lo haríamos y cuánto costaría,
porque en la dieciocho no hay que preocuparse por el lugar. Allá cada una tiene
asignado un cuarto que lo terminan pagando ellas y no el cliente, así que no
representa un gasto extra para uno, que a veces anda con las completas.
Intercambiamos miradas por un rato, están demasiado expuestas, no me atrevo a
acercármeles, preferiría que estuvieran en alguna esquina menos transitada. La
luz ha vuelto y la mayoría de las calles están iluminadas. Si estuvieran en la
Víctor Manuel las abordaría sin dudarlo, y sin dudarlo me decidiría por la de
vestido, la más simpática. Chucha, no se mueven de la esquina. Mientras sigan
ahí no les diré nada.
Me levanto y camino despacio
para dar una vuelta alrededor del parque. Del lado de Lorenzo de Garaycoa hay mucha gente. Algunos
han sacado cartones para acostarse en las veredas, otros están en familia,
otros están de sapos y yo… ando buscando a quién atorar esta noche.
Regreso a la esquina y no
están. Alguien ya se me adelantó, alguien se las llevó, alguien las está
clavando en algún sitio. Sigo caminando y me topo con la mirada de una mujer
que viene acompañada de otra. Vienen conversando y cuando vamos acercándonos me
mira fijamente y me dice “¡Mentiroso!”. Sonrío y sigo mi camino, aunque volteo
para mirar qué tal luce por detrás. No está mal. Es alta, delgada, cabello
castaño, cintura delgada, senos grandes. Decido esperar que se desocupe de la
persona con la que camina y sigo recorriendo el Centenario. En este son ya he
dado varias vueltas.
Ahora la mujer está
conversando con alguien que maneja una moto. Ha de ser su chulo, me imagino.
Ella ha notado mi rondar y me vuelve a mirar fijamente. La esquivo. Mientras no
esté sola no le diré nada, ese es mi código. Tras casi media hora estoy pensando
en renunciar a mis intenciones. Es la última vuelta que me doy, es el último
cartucho que quemo. Camino y al fin está sola. La miro y bajo la cabeza.
Después de tanto esperar no me animo. Ella al parecer lo entiende y me llama.
“Ven flaquito, ven un ratito que te quiero decir algo”. Me le acerco y me
descarga: “Tú quieres culear, ¿verdad?”. “¿Por qué me dijiste mentiroso?”, le
pregunto. “Ah, porque la otra vez me dijiste que vendrías y hasta ahorita te
espero. ¡Mentiroso!”. “No, es la primera vez que te veo, me estás confundiendo.
¿Y cuál es tu tarifa?”. “Veinte dólares, pero te hago los tres platos, oral,
vagina y anal, bien rico. Me dejo chupar los senos, posiciones las que quieras,
no te vas a arrepentir, verás que te haces mi cliente fijo”. Le pregunto si la
puedo invitar un par de cervezas, que me gustaría conversar con ella, que
quisiera conocerla un poquito más. Me acepta gustosa y nos dirigimos al club de
trabajadores.
Allí Genoveva me saluda.
Siempre me ha visto entrar solo, me ha visto tomar solo y solo dirigirme al
baño para pegarme un par de pases. Solo, siempre solo. ¿Qué se le pasará por la
mente? Ya sabe que me gusta la Pilsener, así que ni siquiera pregunta qué
servirnos.
—¿Qué
traes en la funda? —me pregunta mi acompañante.
—Una
cámara fotográfica.
—¿Y cómo
así?
— Soy
fotógrafo, me gano la vida haciendo fotografías. ¿Cuál es tu nombre?
—Magali
Lucía
—¿En
serio? Qué curioso, me recuerdas a un personaje de un libro, la Maga. ¿Y qué
edad tienes? ¿De dónde eres?
—Tengo
36 y soy de Manta. Soy contadora, para que sepas, no creas que siempre he
trabajado en la calle, sólo que me quedé sin trabajo y no me salía nada,
entonces decidí trabajar en esto.
—¿Desde
hace cuánto lo haces?
—Un año
y medio, más o menos.
—¿Tienes
hijos?
—Cuatro.
—¿Y el
papá de tus hijos sabe que te dedicas a esto?
—Él está
en Italia, nos separamos hace rato. No tengo pareja, no me gusta que me
controlen. ¿Tú tienes mujer?
—No, he
tenido dos compromisos, pero ahora estoy solo.
—Has de
ser huevo loco, tienes cara de que pones cachos y por eso te dejan, pero has de
culear rico, las locuras que haríamos los dos —me dice la Maga y me mira
fijamente… Estas mujeres saben cómo hacer para que se te ponga dura.
—Así que
cobras veinte.
—Y cinco de la habitación
La plática se interrumpe
varias veces, su teléfono suena, son sus amigos que la llaman a preguntarle por
su estado y por su familia. Le cuentan que han visto en la televisión que el
terremoto ha sido en Manta, que ha sido fuerte, que se han caído varios
edificios, pero Magali les responde que ella está bien, que ahorita está
ocupada, que la llamen luego.
—¿En qué
estábamos?
—Mira —respiro profundo—… no tengo esa cantidad de dinero,
apenas tengo diez, réstale las dos cervezas que nos estamos tomando y me quedo
con siete. No creo que por esa cantidad quieras hacer algo. No pienso
regatearte, tienes buen cuerpo y eres guapa. A mí me cabrea cuando doy un
precio por mi trabajo y quieren pagarme poco, así que de la misma manera
respeto lo que haces, no te voy a regatear. En cuanto reúna esa cantidad
regreso a buscarte, pero para fotografiarte. Me gustaría más que tener sexo
contigo. ¿Te dejarías?
—Mientras
me pagues me dejo hacer fotos de lo que sea, en la posición que quieras. Hay
hombres que les gusta hacerles fotos a las mujeres cuando se las están
culeando.
—No, no es ese tipo de
fotografías, creo que ni siquiera te pediré que te quites la ropa.
Por alguna extraña razón no
quiero estar con ella. Se me ha venido una idea: empezar a fotografiar chicas
que trabajan en la calle. Veo que no es tan difícil como lo tenía pensado.
Nos terminamos las cervezas
y Magali me dice: “Ya que no me quieres culear hoy… Porque sé que tienes plata,
a mí no me vengas con cuento, bien que te dije mentiroso cuando te vi, no me
equivoqué. Regálame dos dólares. Si me los regalas verás que te va a ir bien el
resto de la noche. Cuando salen esos tacaños que no quieren regalar yo los dejo
nomás, Diosito los castiga y ni a tres cuadras ya les roban. Eso les pasa por
mala fe.
Sus palabras me ponen
alerta. ¿Y si la Maga se comunica con alguien para que me robe? Tengo 250
dólares en mi pelvis. Aún hay ciertas calles oscuras, es una posibilidad que
vale la pena tener en cuenta.
—Toma
los dos dólares. En serio, si tuviera dinero me metería contigo. Para ser
sincero, tenía planificado ir a la dieciocho, allá cuesta diez dólares el
punto, pero como vino el terremoto ya no fui. Ese era mi presupuesto, no tengo
más.
—Pero
tienes cinco dólares todavía. Si te animas te mamo riquísimo el huevo, sin
condón. La próxima ya vienes y hacemos el completo.
—¿Y en
dónde sería eso?
—Un lugar que tengo por acá.
Siento que me ha puesto
contra la espada y la pared. Salimos del club y caminamos por la vereda del
parque. Me siento vigilado. Camino con ella, pero yo dirijo la ruta
disimuladamente. La llevo a donde hay gente, no me importa que me vean. Total,
ya me vieron entrar y salir del club con ella. La observo de pies a cabezas, le
acaricio el cabello rizado y me acerco para percibir su olor. Ubico mi otra
mano en su cintura descubierta, mis dedos avanzan hasta su ombligo y le meto el
índice en dicho agujero. La Maga se deja y me mira como mujer enamorada.
Definitivamente, admiro a estas mujeres. Le digo que lo dejamos para otro día,
que me regale un piquito, que de momento solo quiero eso. La Maga sonríe y me
lo da, me dice que me estará esperando, que no sabe de lo que me pierdo. Me
pide mi número telefónico y dice que me llamará para hacerme acuerdo, que se
dejará tomar todas las fotos que yo quiera.
Son cerca de las once de la
noche y la Maga se queda en su parque esperando una mejor jornada. Yo me marcho
sin mirar atrás, pensando en que quizás soy el único tipo que está pensando en
atorar a alguien luego del terremoto.