domingo, 16 de abril de 2017

Me cabrea cuando les dicen putas

Son cerca de las siete de la noche y he dado por perdido el día. Marina se me barajó antes de la una de la tarde. Maritza me tuvo esperando por una respuesta hasta las seis y me escribió luego solo para decirme que lo dejemos para otro día… No hay caso, hoy no hay quien afloje.
Anochece y se me pasa por la cabeza la idea de ir a matar unas bielas en la dieciocho. Quizás encuentre a Stephanía en su esquina de siempre. No quisiera entrar en detalles, pero es inevitable: ella es una quiteña de baja estatura, blanca, llena de tatuajes (como me gusta), su cabello es negro azabache y me encanta su acento serrano. Algunas veces hemos estado juntos… algunas veces, y me ha tratado como a marido. La primera vez que la vi me costó creer que era trabajadora sexual. Pensé que era impulsadora de alguna cerveza y con recelo le pregunté si estaba trabajando en los cuartos y me dijo que sí con una sonrisa hermosa. Le pregunté el costo y me pareció una broma cuando me lo dijo. ¿Ocho dólares para estar con esta chica? Y sin dudar me metí con ella. Fue mi primera vez en un lugar así con una mujer así.
Seis y cincuenta y siete. Me meto al baño para masturbarme. Si voy a ir a encerrarme con Stephanía al menos debo durar un poco. Empiezo por sacarme la verga. Mi mano derecha empieza a tomar posición para hacer su trabajo, mientras mi mano izquierda aguanta sobre la pared el peso de mi persona. Pasan cinco segundos y comienza a temblar el edificio.
Por un momento pienso que me estoy mareando, pero cuando escucho traquear las paredes de la oficina sé que no. Me guardo la pieza para sentarme en el mueble y una vez que pase el temblorcito seguir con mi tarea. Pero el temblorcito no pasa. Escucho caer cosas afuera, escucho a la gente gritar y la sacudida toma fuerza. Hasta este momento estoy tranquilo, pero se va la luz y algo se cae dentro de la oficina. Por suerte ya tengo todo cerrado, así que bajo con el celular alumbrando mis pasos.
Abajo, Carolina, la flaca que vende las papas rellenas, está llorando desesperada y su primera reacción es abrazarme fuerte. Llora a gritos y el relojero me dice que la abrace duro para que se le pasen los nervios. Y lo hago. Siento sus suaves senos contra mi pecho y la imagino desnuda en la misma situación. De pronto llega su novio. Lo saludo, le digo que está muy asustada, le pregunto a ella si ya se siente mejor y la dejo con su pareja. Creo que soy el único hijueputa que está pensando en que con este temblor la dieciocho ya estará cerrada.
La ciudad está oscura, la gente corre con pánico, unos lloran, otros oran fuerte, el centro de Guayaquil es un desorden y yo sigo pensando en la dieciocho… Camino a lo largo de la Colón, veo tierra y pedazos de bloques caídos debajo de las separaciones de los edificios. Empiezo a sospechar que es un terremoto y a preguntarme dónde habrá sido el epicentro. Pienso en mi madre también. Pero las ganas de tirar me pueden y sigo caminando en dirección a la calle Chile. Al llegar doblo a la izquierda y veo que hay luz en el hotel Continental. La gente sigue llorando y me planteo la idea de consolar a alguna de esas lloronas, de hacérmele amigo, de calmarla y luego llevarla a algún sitio, pero algo me dice que me terminarán dando una bofetada y gritándome en media calle, así que desisto de la idea.
Avanzo hasta la plaza San Francisco. La gente está conmocionada, pero yo no me rindo, sé que la conmoción tiene que pasar. Todo el mundo habla, todos intentan comunicarse, todos cuentan dónde estaban y qué hacían cuando empezó el siniestro. Se me viene a la mente mi imagen con mi verga en la mano en el instante que empezó todo.
La 9 de Octubre es un caos, parece que hubiese existido una guerra de piedras. La estrella que está a la altura de PYCCA reposa en el piso. Mejor: siempre me cayó verga esa estrella. Hay unos camarógrafos que la graban. Me imagino que la gente que estaba cerca en el momento que caía eso se tienen que haber cagado los pantalones. Me encuentro a un pana que trabaja en prensa. Hace fotos, me cuenta que ha sido un terremoto, que el epicentro al parecer es en Esmeraldas, que se ha caído el puente que está a la altura del Aguirre Abad, que de suerte sacó la cámara, que era su día libre, que venía de no sé dónde. Me despido y camino al parque Centenario. Doy tres vueltas a paso lento en las oscuras calles. Me acerco a buscar algo de comida y me venden un choclo frío en dólar cincuenta. La gente no respeta la desgracia, me digo, abusan del momento, pero igual lo compro. El hambre es grande. Veo que no dejan entrar a la gente al paradero de la metrovía. No hay cómo regresar a casa.
Me siento en una jardinera y empiezo a revisar imágenes en mi Facebook. Se habla de un muerto. Al parecer le cayó un puente encima del carro en el que viajaba. También circula la foto de una niña fallecida en un centro comercial. La cosa es seria y yo pensando en a quién atorar esta noche, cabreado por los desplantes de Marina y Maritza, y lo peor de todo es que ni siquiera masturbarme pude.
Ha pasado un rato, y empiezan a aparecer un par de chicas. Las primeras que se cruzan a mi vista son dos jóvenes medio gorditas. La una anda con short y blusa ajustada; la otra carga un vestido rayado, corto y unas plataformas que la hacen ver enorme. Pero eso es un engaño. Sé perfectamente cómo se ven luego de que se bajan de sus zapatos. Esos doce o trece centímetros menos les restan apariencia y las nalgas como que se esconden de repente. Me pregunto si aceptará lo que le quiero proponer, sodomizarla con el vestido puesto y el calzón arriba de las rodillas mientras las tetas le brincan. Me pregunto dónde lo haríamos y cuánto costaría, porque en la dieciocho no hay que preocuparse por el lugar. Allá cada una tiene asignado un cuarto que lo terminan pagando ellas y no el cliente, así que no representa un gasto extra para uno, que a veces anda con las completas. Intercambiamos miradas por un rato, están demasiado expuestas, no me atrevo a acercármeles, preferiría que estuvieran en alguna esquina menos transitada. La luz ha vuelto y la mayoría de las calles están iluminadas. Si estuvieran en la Víctor Manuel las abordaría sin dudarlo, y sin dudarlo me decidiría por la de vestido, la más simpática. Chucha, no se mueven de la esquina. Mientras sigan ahí no les diré nada.
Me levanto y camino despacio para dar una vuelta alrededor del parque. Del lado de  Lorenzo de Garaycoa hay mucha gente. Algunos han sacado cartones para acostarse en las veredas, otros están en familia, otros están de sapos y yo… ando buscando a quién atorar esta noche.
Regreso a la esquina y no están. Alguien ya se me adelantó, alguien se las llevó, alguien las está clavando en algún sitio. Sigo caminando y me topo con la mirada de una mujer que viene acompañada de otra. Vienen conversando y cuando vamos acercándonos me mira fijamente y me dice “¡Mentiroso!”. Sonrío y sigo mi camino, aunque volteo para mirar qué tal luce por detrás. No está mal. Es alta, delgada, cabello castaño, cintura delgada, senos grandes. Decido esperar que se desocupe de la persona con la que camina y sigo recorriendo el Centenario. En este son ya he dado varias vueltas.
Ahora la mujer está conversando con alguien que maneja una moto. Ha de ser su chulo, me imagino. Ella ha notado mi rondar y me vuelve a mirar fijamente. La esquivo. Mientras no esté sola no le diré nada, ese es mi código. Tras casi media hora estoy pensando en renunciar a mis intenciones. Es la última vuelta que me doy, es el último cartucho que quemo. Camino y al fin está sola. La miro y bajo la cabeza. Después de tanto esperar no me animo. Ella al parecer lo entiende y me llama. “Ven flaquito, ven un ratito que te quiero decir algo”. Me le acerco y me descarga: “Tú quieres culear, ¿verdad?”. “¿Por qué me dijiste mentiroso?”, le pregunto. “Ah, porque la otra vez me dijiste que vendrías y hasta ahorita te espero. ¡Mentiroso!”. “No, es la primera vez que te veo, me estás confundiendo. ¿Y cuál es tu tarifa?”. “Veinte dólares, pero te hago los tres platos, oral, vagina y anal, bien rico. Me dejo chupar los senos, posiciones las que quieras, no te vas a arrepentir, verás que te haces mi cliente fijo”. Le pregunto si la puedo invitar un par de cervezas, que me gustaría conversar con ella, que quisiera conocerla un poquito más. Me acepta gustosa y nos dirigimos al club de trabajadores.
Allí Genoveva me saluda. Siempre me ha visto entrar solo, me ha visto tomar solo y solo dirigirme al baño para pegarme un par de pases. Solo, siempre solo. ¿Qué se le pasará por la mente? Ya sabe que me gusta la Pilsener, así que ni siquiera pregunta qué servirnos.
—¿Qué traes en la funda? —me pregunta mi acompañante.
—Una cámara fotográfica.
—¿Y cómo así?
— Soy fotógrafo, me gano la vida haciendo fotografías. ¿Cuál es tu nombre?
—Magali Lucía
—¿En serio? Qué curioso, me recuerdas a un personaje de un libro, la Maga. ¿Y qué edad tienes? ¿De dónde eres?
—Tengo 36 y soy de Manta. Soy contadora, para que sepas, no creas que siempre he trabajado en la calle, sólo que me quedé sin trabajo y no me salía nada, entonces decidí trabajar en esto.
—¿Desde hace cuánto lo haces?
—Un año y medio, más o menos.
—¿Tienes hijos?
—Cuatro.
—¿Y el papá de tus hijos sabe que te dedicas a esto?
—Él está en Italia, nos separamos hace rato. No tengo pareja, no me gusta que me controlen. ¿Tú tienes mujer?
—No, he tenido dos compromisos, pero ahora estoy solo.
—Has de ser huevo loco, tienes cara de que pones cachos y por eso te dejan, pero has de culear rico, las locuras que haríamos los dos —me dice la Maga y me mira fijamente… Estas mujeres saben cómo hacer para que se te ponga dura.
—Así que cobras veinte.
—Y cinco de la habitación
La plática se interrumpe varias veces, su teléfono suena, son sus amigos que la llaman a preguntarle por su estado y por su familia. Le cuentan que han visto en la televisión que el terremoto ha sido en Manta, que ha sido fuerte, que se han caído varios edificios, pero Magali les responde que ella está bien, que ahorita está ocupada, que la llamen luego.
—¿En qué estábamos?
Mira —respiro profundo—… no tengo esa cantidad de dinero, apenas tengo diez, réstale las dos cervezas que nos estamos tomando y me quedo con siete. No creo que por esa cantidad quieras hacer algo. No pienso regatearte, tienes buen cuerpo y eres guapa. A mí me cabrea cuando doy un precio por mi trabajo y quieren pagarme poco, así que de la misma manera respeto lo que haces, no te voy a regatear. En cuanto reúna esa cantidad regreso a buscarte, pero para fotografiarte. Me gustaría más que tener sexo contigo. ¿Te dejarías?
—Mientras me pagues me dejo hacer fotos de lo que sea, en la posición que quieras. Hay hombres que les gusta hacerles fotos a las mujeres cuando se las están culeando.
—No, no es ese tipo de fotografías, creo que ni siquiera te pediré que te quites la ropa.
Por alguna extraña razón no quiero estar con ella. Se me ha venido una idea: empezar a fotografiar chicas que trabajan en la calle. Veo que no es tan difícil como lo tenía pensado.
Nos terminamos las cervezas y Magali me dice: “Ya que no me quieres culear hoy… Porque sé que tienes plata, a mí no me vengas con cuento, bien que te dije mentiroso cuando te vi, no me equivoqué. Regálame dos dólares. Si me los regalas verás que te va a ir bien el resto de la noche. Cuando salen esos tacaños que no quieren regalar yo los dejo nomás, Diosito los castiga y ni a tres cuadras ya les roban. Eso les pasa por mala fe.
Sus palabras me ponen alerta. ¿Y si la Maga se comunica con alguien para que me robe? Tengo 250 dólares en mi pelvis. Aún hay ciertas calles oscuras, es una posibilidad que vale la pena tener en cuenta.
—Toma los dos dólares. En serio, si tuviera dinero me metería contigo. Para ser sincero, tenía planificado ir a la dieciocho, allá cuesta diez dólares el punto, pero como vino el terremoto ya no fui. Ese era mi presupuesto, no tengo más.
—Pero tienes cinco dólares todavía. Si te animas te mamo riquísimo el huevo, sin condón. La próxima ya vienes y hacemos el completo.
—¿Y en dónde sería eso?
—Un lugar que tengo por acá.
Siento que me ha puesto contra la espada y la pared. Salimos del club y caminamos por la vereda del parque. Me siento vigilado. Camino con ella, pero yo dirijo la ruta disimuladamente. La llevo a donde hay gente, no me importa que me vean. Total, ya me vieron entrar y salir del club con ella. La observo de pies a cabezas, le acaricio el cabello rizado y me acerco para percibir su olor. Ubico mi otra mano en su cintura descubierta, mis dedos avanzan hasta su ombligo y le meto el índice en dicho agujero. La Maga se deja y me mira como mujer enamorada. Definitivamente, admiro a estas mujeres. Le digo que lo dejamos para otro día, que me regale un piquito, que de momento solo quiero eso. La Maga sonríe y me lo da, me dice que me estará esperando, que no sabe de lo que me pierdo. Me pide mi número telefónico y dice que me llamará para hacerme acuerdo, que se dejará tomar todas las fotos que yo quiera.
Son cerca de las once de la noche y la Maga se queda en su parque esperando una mejor jornada. Yo me marcho sin mirar atrás, pensando en que quizás soy el único tipo que está pensando en atorar a alguien luego del terremoto.
Pedro Nadie.

lunes, 24 de octubre de 2016

Monse...

Siempre le decía a Monse que ella era mi isla de paz, que ir a meterme a su cama después de una  larga jornada laboral rodeada de muertos y dramas era reconfortante, que me encantaba llegar tarde, cerca de la medianoche, y hacerle el amor como nadie se lo había hecho durante su día de trabajo, que me gustaba devorar su boca, que no me importaba cuántas vergas había mamado,  que al final esa boca era mía, que esos besos eran para mí, y de manera muy cínica le pedía que no arruine eso, que mantengamos esa relación así, sin jodernos, sin celarnos, amaneciendo juntos cuando nos necesitemos… cuando nos necesitemos, si el necesitado siempre fui yo, si el que terminó abandonando la isla de paz fui yo.

Siempre me decía que cuando estaba conmigo se olvidaba de todo, que se olvidaba de cuantos hombres había atendido en el día, que todo era automático: 
sonreír, 
coquetear, 
hacerlos venir hasta donde ella, 
negociar, 
ir al cuarto,
darles un besito en la mejilla, 
desvestirse, 
ponerles el condón, 
chupárselos hasta que se les ponga dura, 
acostarlos, 
sentarse sobre ellos, 
mirarlos, 
saltar sobre ellos, 
preguntarles si quieren en cuatro o patas al hombro 
y luego apurarlos para que acaben pronto, 
que no se sentía nada, pero contigo me olvido de todo ¡y ya!, 
no me estés preguntando esas cosas, me decía 
y yo me sentía su macho.
























Texto y Foto: Pedro Freire

martes, 27 de septiembre de 2016

Falta una biela.

Si no me hubieran llamado con tanta insistencia no hubiese ido. Era la tarde de un viernes más, ya casi entraba la noche, Eliecer me ha mandado varios mensajes a mi teléfono celular, me insiste que vaya a su casa, pero cuando le pregunto el motivo de tanta insistencia simplemente me responde con un seco “¿vas a venir, sí o no?”, no quiso decirme para qué, sospecho que es para embriagarnos, sé que está sin dinero, me lo dijo el domingo pasado cuando fui hasta su casa y nos tomamos tres cervezas, me contó de su situación con Nelly, no pierde las esperanzas de regresar con ella, así que lo que hace lo hace muy discretamente, para que no se entere, para que no se termine de decepcionar, para que le de otra oportunidad, para volverla a coger, como según él, nadie más la ha cogido.
Aún estoy con dudas, no quiero gastar dinero en cervezas, al menos si la otra persona no pone nada, tampoco quiero amanecerme fumando marihuana, detesto gastar en taxi, así que cuando voy a beber a la casa de alguien lo hago con la predisposición de amanecerme y esperar al primer bus que pase en la mañana para regresar a dormir hasta mi pieza, si es que se puede, el cuarto en el que vivo es muy caluroso y los vecinos de arriba muy bulliciosos, tienen un chorros de hijos a los que pasan gritándoles durante el día y a veces incluso hasta en la madrugada. Gente así no debería reproducirse.
El teléfono vuelve a sonar, no es un mensaje, es una llamada de Tania, en cuanto le contesto me dice que está en Guayaquil, ha venido a pasar el fin de semana y que vaya a donde Eliecer, que estará allí esperándome, le pregunto si haremos el trío del que hemos estado hablando durante toda la semana en el Messenger, ríe escandalosamente, y me dice que no, que ya no quiere hacer esas cosas, también me pregunta si no me importa que ahora esté cogiendo con Eliecer, que si no siento celos, le respondo que no, que no hay problemas, que es su vida, vuelve a reír, parece que se ha comido un payaso, un enorme payaso .
Sigo en la oficina sin dar mucha importancia a la llamada, el teléfono vuelve a sonar, nuevamente es Tania, me pregunta si ya salí, que por dónde voy, que en qué tiempo llego, que no me demore, le digo que no tengo dinero y que no he almorzado, si se compromete a poner las bielas y algo de comer voy con gusto, me dice que vaya, que allá vemos que se hace, que ya no las arreglaremos.
Son casi las siete de la noche, la buseta pasa repleta, logro subirme a una que me llevará hasta el sur, no hay donde acomodarse, sin embargo el chofer me dice que pida permiso y que avance hasta el fondo que está vacío, le digo que no hay dónde, me responde enojado: “por eso es que uno no los quiere llevar” y suena la boca como si se estuviera desinflando mientras me mira por el retrovisor, apenas baja la mirada y un vigilante de tránsito le hace seña para que se detenga, por inercia el conductor coge un billete y lo dobla varias veces, lo coloca debajo de la matrícula del vehículo y lo espera al agente ya con todo listo, éste llega y le entrega matrícula y billete doblado, solucionado el asunto, el colectivo sigue su marcha.
Alguien se ha tirado un pedo, alguien tiene mal olor en las axilas, alguien se queja de lo lleno que va el bus, y veo a alguien, un sujeto, que puntea disimuladamente a una mujer joven uniformada, recuerdo porqué me cambié al centro, claro, era para evitar el viaje hasta el sur en buseta, vivir en el centro tiene sus ventajas, todo está cerca, la oficina, el malecón, el centenario y la dieciocho, bueno, la dieciocho no está tan cerca que digamos pero tampoco es que esté lejos. Mi teléfono, un Nokia 1100, no deja de sonar, es Tania que me pregunta por dónde voy, me vuelve a insistir con que no me demore, que me están esperando desde hace rato.
Llego a mi destino, si me costó trabajo entrar al colectivo no tienen idea de lo que me costó salir, el chofer siguió recogiendo pasajeros en el trayecto así que si antes estaba lleno ahora está a reventar, pero así es el pan nuestro de cada noche para la mayoría de guayaquileños, ya la gente está acostumbrada. Camino un par de cuadras y llego hasta la casa de Eliecer, una casa de dos pisos, abajo está la sala, la cocina, un baño de visita; arriba hay tres habitaciones, cada una ocupada por un inquilino distinto, entre los tres dividen gastos de arriendo, agua y luz, la comida corre por cuenta de cada quien.
La habitación que ocupa Eliecer tiene una ventana que da a la calle, así que cuando llego es fácil que me escuche si lo llamo desde las rejas, esta vez no será la excepción, solo que esta vez asoma sudado y agitado, me sale una carcajada espontánea, supongo que está cogiendo con Tania, me hace seña que hable despacio, que abra el picaporte y que pase y lo espere afuera, es que al lado de su casa vive Nelly y no quiere que se entere que está clavando a otra mujer. Baja con una camiseta de cuello rayada, una toalla cubre su parte inferior, yo no puedo parar de reír, me dice que estaba bañándose y que Tania está leyendo un libro, ¿con la luz apagada?, le pregunto y le digo que no hay necesidad de mentir, Tania hace su aparición en la sala, lleva una falda negra, diminuta, una blusa blanca ajustada y luce despeinada, vaya festín que interrumpí, me digo.
Eliecer no logra articular una frase coherente, es evidente que está algo molesto, pero la culpa no es mía, ellos me estaban llamando con insistencia, pregunto por las bielas, pregunto por la comida y lo que se les ocurre es decirme que vaya a comprar ambas cosas, me niego, si hay que salir a comprar vamos todos, a mí no me van a coger de mandadero, les digo, así que Eliecer sube para ponerse un pantalón, Tania va tras él, pero no bajan de inmediato, los gemidos de Tania llegan hasta abajo, luego de unos siete minutos ambos bajan vestidos y listos para salir a comer. Tania está agitada y solo sonríe cuando se topa con mi mirada.
Caminamos unas tres cuadras y llegamos a un asadero de pollos, hacemos el pedido, arroz con menestra y pollo para cada uno, la comida no está muy buena, Tania habla en voz alta, Eliecer me replica cada cosa que digo, a veces se pone sarcástico, a veces gracioso, a veces imbécil. No entiendo su actitud, pero paso por alto su comportamiento, espero pasar un buen viernes hablando de trivialidades mientras bebemos, mientras analizamos la escena cultural guayaquileña, mientras contamos chistes y escuchamos Charly García, Los Jaguares o Soda Stereo.
Pasamos por la tienda y compramos cinco cervezas y varios cigarrillos, la actitud de Eliecer sigue igual, pero le saco el cuerpo preguntándole por Nelly, cuestionando su proceder, eso de decir que no hay esperanzas y sin embargo hacer las cosas ocultas para que ella no se entere, Tania me sigue el dúo y así llegamos a su casa, cuatro cervezas al congelador y una afuera para empezar a darle vuelta, los cigarrillos se encienden, reviso los cd’s de Eliecer, me encuentro con uno de Los Rodríguez, Para no olvidar, es un álbum de dos discos, la portada es roja y en cada esquina está la cabeza de los integrantes de la banda, meto el disco 1 y me traslado a la música 10, Mi enfermedad, el intro desde ya es melancolía pura, la letra me llega a los huesos.
Tania me pregunta por mis amores, ¿cuáles amores? Le digo… tus amores pues, Maritza, Marina, Cynthia… de Cinthia no se nada, de Maritza peor… ¿y Marina? ¿Ya la cogiste?... a Marina apenas la he besado, es una niña de la que podría enamorarme y me cuido de eso… ¿te cuidas de enamorarte? Me pregunta Eliecer en su tono sarcástico… la semana pasada salí con ella, nos besamos varias veces, hasta me pellizcó la nalga pero cuando se despidió apenas me dio un beso en la mejilla, es tan inentendible, Los Rodríguez siguen sonando, la armónica de Calamaro me da un golpe bajo.
Sigo revisando entre los discos, hay un compilado de Rock en español, Juaguares, Illia Kuriaki, Soda Stereo, Plastilina Mosh, Molotov y varios grupos más integran el repertorio, las preguntas acerca de Marina no cesan. Cuando estaba con Tania, es decir, cuando teníamos nuestros encuentros sexuales, siempre me preguntaba por Marina, que si ya la había besado, que si ya había algún avance con ella y siempre me decía que estaba consciente de que jamás ocuparía el primer lugar en mi vida, que siempre estaría una Maritza, una Cinthia o una Marina de por medio ocupando el primer lugar, siempre me decía que ponía la cara de idiota cuando le hablaba de Marina, la estudiante de arte, la que escribe las crónicas que más me gustan, sabía que su poesía erótica no me llegaba como lo hacían las crónicas de Marina.
Una vez Marina escribió algo sobre mí, me partió en dos, y no precisamente porque me estuviera halagando ya que terminaba dando a entender que yo era un mediocre, pero se refirió a mí como una enfermedad venérea, como un fotógrafo de la calle, pensé en el tiempo de observación de ella hacia mi proceder, no supe como tomarlo, varios días después nos dimos nuestro primer beso, varios días después las cosas siguieron iguales y no volvió a pasar nada. Illia Kuriaky empezó a sonar con su canción al caballo violeta, creo que nadie está disfrutando tanto este disco como yo, Eliecer está apegado a Tania, le acaricia la espalda, le soba las piernas, le muerde las caderas, y no desaprovecha para replicar cada cosa que digo, guardo silencio para disfrutar la música mientras aspiro una bocanada de humo. Tania está sentada frente a mi, no tiene calzón, lo noté porque abrió las piernas un par de veces, no pude evitar mirar entre sus piernas.
Conversamos de diversos temas, pero Tania insiste en hablar de Marina, no desaprovecha el momento para nombrarla, al igual que Eliecer no desaprovecha la ocasión para tratar de hacer ese juego de palabras que terminará con alguna joda en mi contra. Ya nos hemos bebido tres botellas y media, ya nos hemos fumado todos los cigarrillos, ya han sonado varios discos y la actitud de Eliecer sigue incomodándome, no entiendo por qué lo hace, hasta el domingo pasado que charlamos estaba todo bien pero ahora está insufrible.
Tu actitud aburre, para un momento está bien, pero ya estar con lo mismo y lo mismo resulta aburrido, le dije, no pensé que lo tomaría tan mal, no pensé que se sentiría ofendido, ¿qué actitud? Déjate de hablar huevadas que si de actitud hablamos no te va a gustar lo que tengo para decirte, supo responderme, puedes decirme lo que quieras, solo te digo en tu cara, de frente lo que pienso, nada más, le respondí, yo también te digo de frente y en tu cara lo que tengo que decir, me replicó. Tania intervino y pidió que nos calmáramos, yo estaba calmado, miré mi reloj y me excusé, ya tenía que irme, iban a ser casi las once de la noche y luego me quedaría sin bus, me despedí.
Eliecer me acompañó hasta la puerta, se despidió y me dijo que le avise si se de algún trabajo para él, le dije que aún quedaba una biela en el congelador, que no la deje reventar, le deseé buen provecho y caminé hasta la calle principal. Tomé el primer taxi que apareció, en el camino no dejaba de pensar en la actitud de mi pana, no entendía la avalancha de preguntas de Tania y la verdad ya tampoco me importaba. Llegué a mi pieza en cuestión de minutos, a dormir, a intentar dormir, la señora del piso de arriba sigue gritando a sus hijos, algo les reclama de una comida que estaba en la nevera y ya no está, que era la merienda para su padre. Pienso en la biela que faltó por destapar, me acuesto en la cama sin desvestirme y me quedo dormido hasta la siguiente mañana.

viernes, 19 de agosto de 2016

El Gordo

No estoy muy seguro si es real, de serlo fue una de las escenas más crueles que he visto de cerca, porque los diferentes medios presentan imágenes crueles y una cosa es verlas así de lejos y otra cosa es presenciarlas… pero sigo dudando si fue real, ya han pasado varios días y siento que me agobia, quizás algún mecanismo de defensa se rehúsa a creer en su autenticidad.
Son dieciséis cuadras las que me toca caminar cada noche cuando regreso a casa, el sector es peligroso, aun no entiendo como no me ha pasado nada malo, pero cada noche, en cada paso, percibo el peligro, es algo latente, mierda, no puedo controlarlo. Cuando era pequeño le temía mucho a los perros, mi padre lo sabía, lo había notado, así que cuando me llevaba a la escuela, al pasar junto a un perro, con su mano agarrando la mía me decía que no debía demostrarles miedo, que ellos lo percibirían y eso los haría sentirse más en confianza e intentarían morderme.

Mi miedo a los perros disminuyó una noche del año 1986, mi hermana mayor llegó a casa con un hermoso perro pequeño al que llamaban Gordo, lo trajo de donde una tía que estaba cansada del animal ya que se cagaba en diferentes lugares de su casa y aparte peleaba con su hermano Patán, así que mi tía optó por deshacerse del Gordo y se quedó con el Patán, ya que este perro era más apegado a mi abuela, quien para ese entonces estaba perdiendo la visión y el perro le hacía de guía desde el cuarto hasta la sala, aunque ya mi abuela se conocía el camino de memoria.
Gordo se ganó el cariño de todos, fue nuestro primer perro, un perro enano color mostaza de ojos amables, su pecho y sus patas blancas, parecía que tenía unas botitas, su hocico negro y no muy alargado, ese perro era hermoso, supongo que sintió nuestro cariño porque en casa no se cagaba, era un perro educado, buscaba el patio para hacer sus cosas.

Pronto mi madre empezó a quererlo y éste se convirtió en su lazarillo, pronto empecé a perder el miedo a los perros, pronto empecé a quererlo también. Por alguna razón el Gordo se hizo popular entre los chicos del barrio, todos sabían su nombre… Gordo, que perro más tierno, estuvo con nosotros más de 10 años y hubiera estado más tiempo a nuestro lado, pero una mañana mi madre salió a la tienda y él fue tras ella, un taxi lo atropelló, y lo peor es que no lo mató de hecho, lo dejó sufriendo varios días, durante ese tiempo el Gordo no se quejó… que perro para más arrecho, murió una tarde y lo enterré en el patio de la casa, junto a un ciruelo que nunca dio fruto.
Después de varios días de su muerte, una noche, mi madre lloraba recordándolo, yo no quise demostrar tristeza, me levanté del sofá, me dirigí al patio, fui hasta el ciruelo y empecé a llorar por el Gordo, después de ese perro nunca más quise tener otro.

He tenido que hacer este paréntesis, es que el perro de la otra noche se parecía mucho al Gordo, hablo de la noche que aún estoy en duda de si fue real… qué chucha, a quién intento engañar, fue real y eso es lo que me jode. Les dije de las 16 cuadras que tengo que caminar para llegar a casa, que horrible, no siempre fue así, antes caminaba menos, pero están asfaltando la calle principal y la buseta se desvía dicha cantidad de cuadras, que es donde queda la otra calle principal que ya está asfaltada, así que me deja lejos de casa.
Dicen que esa zona está dominada por una pandilla que se hacen llamar Los Rambos, pandilleros de mierda, no hay cómo salir en bicicleta porque te la roban, si llevas zapatos deportivos de marca también te los roban, si ven un borracho le caen a golpes y le roban, si llevas un reloj te lo roban, viven para robar y fumar marihuana, la policía no los ha podido contener. La semana pasada salió un reportaje en la televisión sobre lo peligroso del sector, pero luego del reportaje no ha pasado nada, las cosas siguen iguales. De no haber sido porque la buseta se desvía nunca hubiese caminado por esa zona.

A mí no me han robado, ha de ser porque no tengo ninguna prenda de valor, calzo unos zapatos venus blancos a los que les escribí Nirvana (mi banda favorita), con tinta azul, uso la camiseta al revés, de pura rebeldía, y mi bluyín está desgastado y sucio, mi madre odia mi manera de vestir, mi padre me mira y me da la impresión de que entiende mi disgusto, pero no hace nada, solo es un espectador, quisiera que se involucrara más.
Vuelvo a esa noche, no quisiera hacerlo pero es necesario para que todas estas interrupciones tomen sentido, para hacer un todo, para darme a entender, aunque hace rato siento que ya nadie lo hace, pero que importa, debo volver a esa noche, debo volver al perro, no al Gordo, al perro de la otra noche que me recordó al Gordo. Debo advertirles que no hice nada por detener aquel acto cruel, eso me hace sentir mal, pero trato de consolarme ¿qué hubiera podido hacer? Eran dos pandilleros, creo, y yo sólo uno, aparte mi contextura no permite irme de golpes con nadie.

Las 16 cuadras que camino son una mezcla de piedra, tierra y polvo, a un costado está una zanja fétida de aguas putrefactas, allí la gente tira basura, animales muertos y otras porquerías más, dicen que gracias a esas zanjas el Guasmo no se inunda en las épocas de lluvia, y es verdad que no se inunda, pero se hace un lodazal con cada aguacero, de manera que cuando se camina por las calles toca saltar como si se estuviera jugando a la rayuela. Caminar ese tramo me llena de miedo, mi padre me decía que no hay que demostrar miedo, así como con los perros, el miedo es tu peor enemigo, pero es inevitable en mí.
Habré caminado unas cinco cuadras desde donde me dejó el carro, eran casi las 11 de la noche, mi preocupación era doble porque en casa de seguro mi madre me caerá a latigazos para que aprenda a no llegar tarde, para que no haga lo que me da la gana, para que sepa que yo no me mando, y para que sepa muchas cosas más que yo ya sé porque me las repite cada vez que me está pegando con el látigo. Ojalá solo hubiera sido eso, ojalá hubiera sido valiente una sola vez en mi vida.

Era la quinta cuadra, faltaban once y escuchaba a lo lejos a un perro quejarse y la voz de más de una persona, no distinguía lo que decían, mientras más me acercaba a la escena tuve en claro la situación, eran dos pandilleros (creo), no es que tenga duda de que eran dos, no tengo en claro es que si eran pandilleros o no, por eso el "creo", pero de algo si estoy seguro, es que esos tipos no estaban dentro de sus cabales porque atacaban a un perro parecido al Gordo, el animal estaba indefenso y amarrado por el cuello con una soga sujeta a una pared de caña, los tipos le tiraban piedras, le daban patadas, le pegaban con un palo, mientras el perro ensangrentado se quejaba ellos reían.
Me detuve un instante y quise decirles que se detengan, pero uno de ellos, como si supiera que quería decirles algo, se me adelantó y me dijo: ¡¿qué ves, sapo chuchetumadre?!, baraja antes de que hagamos huevada/ tranquilo socio/ ¿cómo que socio? ¿habremos robado juntos?/ no le hagan daño al perrito/ ya te dije que te barajes, maricón/ ¿es tu perro?/ ¿lo conoces?/ no, no, ya me voy/ ese hijueputa no sabe quiénes somos/ nos coge de buen humor, si no hace rato ya lo hubiéramos madrugado/ pero no tiene nada/ parece esos rockeros de a verga.

Caminé apresurado, desorientado y muy asustado, no pensaba en los latigazos que iba a recibir en casa, pensaba en el perro, podía escuchar sus quejidos mientras me alejaba, podía escuchar la risa de los supuestos pandilleros, podía escuchar una voz dentro de mí que me decía que era un cobarde, pude ser más enérgico, pude, pude, pero no, después se escuchó un quejido final, uno de ellos dijo con voz fuerte: ¡se murió ese perro hijueputa y violador! Llegué a casa y lo que era de esperarse, mi madre me empezó a dar latigazos mientras me gritaba, no me dolían, no me importaban, creo que también me dio una cachetada, o dos, o tres, ya no importa.

No pude dormir bien, pensé toda la noche en el perro que se parecía al Gordo, aquella mascota enana de color mostaza, con sus botitas blancas, con su trompa negra, me acordé de la noche que lloré junto al ciruelo, pensaba en que el Gordo había sido más valiente que yo, porque siempre se enfrentaba a perros que lo triplicaban en peso y tamaño, nunca se ahuevó, ¡nunca!, era un arrecho, creo que ya lo dije, y yo... yo nunca aprendí de esa arrechera. Ya en cama, despacio, intentando no hacer ruido, me arropo de pies a cabezas, enciendo el walkman que me prestó Jairo (si mi madre lo descubre de seguro me lo estrella contra el piso), meto el Nevermind y adelanto la cinta del casete hasta la canción Something in the way, ya con los audífonos colocados, la voz de Kurt Cobain, casi como un quejido, muy baja penetra en mis oídos,

Underneath the bridge 
the tarp has sprung a leak 
and the animal I've trapped 
have all become my pets

no puedo evitar llorar, siento que dejé morir al perro, espero conciliar pronto el sueño, espero no despertar a mi hermano que duerme a mi lado, o quizás… quizás ya no espere nada.

And I'm living off of grass
and I'm dripping from the ceiling
It's ok to eat fish
Cause they don't have any feelings




Fotografía: Internet
Texto: Pedro Freire

















lunes, 25 de julio de 2016

Negrita mía

Quiéreme mucho negrita, negra
quiéreme con mis dudas
con mis enojos
con mis vicios, los cuales he aprendido a dominar.

Quiéreme mucho negrita mía
quiéreme con mi chireza
con mi desempleo
con mi falta de suerte y mi poco tino para decirte las cosas.

Y ten paciencia negrita
quizás mañana me gane la lotería
quizás mañana encuentre empleo
o simplemente me largue de tu pieza.

Yo te quiero negrita, negra mía
así con tu voz de tarro
con tus dedos llenos de anillos baratos
con tu barriga llena de estrías.

Yo te quiero negrita fina
con tus enormes pechos a medio caer
con tus nalgas prietas y bien proporcionadas
con tu cuerpo marcado por tatuajes mal hechos.

Y algún día negrita, negrita mía
verás que no miento cuando te miento
sabrás quien soy cuando no soy nadie
y estaremos libres de aquellas dos calles.

Negrita... tu lo sabes negrita
son cosas inexplicables
son ríos metafísicos
negrita mía.



Texto: Pedro Freire
Fotografía: Pedro Freire

lunes, 20 de junio de 2016

Recuerdo paisa

Siempre pasaba por la calle Pedro Moncayo, allí tomaba el bus de la 19 que me llevaba hasta el sur, allí había vendedores de K-chito, allí había vendedores de cola en vaso, allí había ladrones, allí había putas, allí al frente estaba el parque La Victoria, más allá la escuela donde realicé mis estudios primarios, más acá las peluquerías desde donde las chicas llamaban para invitar a darte un nuevo look. De todas esas chicas amables y risueñas había una morena que me llamaba la atención, más que por su físico por su acento, y luego fue viceversa, más que por su acento por su físico y después me gustaban ambas cosas, y después me gustaba toda.
Tenía unos ojos hermosos, el cabello ondulado, el pecho y los glúteos bien pronunciados, la cintura estrecha, era de mediana estatura, su rostro fino, le gustaba usar pantalones blancos bien ajustados y sandalias de taco alto, le gustaba usar blusas que dejaban al descubierto sus hombros y que no ocultaban sus senos grandes.
Siempre me llamaba la atención, con su acento colombiano, con su mirada penetrante, con su perfume suave. Hasta que un día me acerqué y le dije que quería retocar mi barba, nada más, y así fue como empezamos a crear amistad que luego se convirtió en una compenetración sin ataduras, aunque yo sentía que era más que eso, pero nunca se lo dije porque ella me puso claras las cosas desde un inicio.
Estaba en Guayaquil trabajando, esperando reunir algo de dinero para luego volverse a su tierra, Colombia, donde trabajaba como enfermera, tenía una hija de 4 años cuyo nombre era Isabela y que estaba al cuidado de su madre, en algún momento le pregunté el motivo por el cual no la traía hasta acá, y supo responderme que el padre de la niña jamás lo permitiría.
Cuando le conté que era fotógrafo lo primero que me pidió fue que le hiciera una sesión de desnudo artístico, acepté gustoso y fui hasta el lugar donde ella vivía, fui a conocer para ver el tipo de luz que había en dicho lugar, ese día no llevé cámara, solo fui a ver en qué parte se podían realizar las fotografías. El lugar era humilde, una pieza de dos ambientes, en la parte de adelante había un mesón sobre el cual estaba una cocineta de dos hornillas, un metro más allá una nevera pequeña, ese espacio era la cocina y al lado un sofá cama, una mesa circular de madera.
El otro lado de la pieza estaba dividido por una cortina, era su habitación, toda muy bien ordenada, cada centímetro estaba limpio, y olía a flores secas, el baño estaba lleno de velas de varios colores, cada una emanaba un olor distinto, las prendía solo cuando se duchaba, decía que así se relajaba y disfrutaba más mientras el agua mojaba su cuerpo.
Ese día me preparó algo de comer, me hizo escuchar vallenatos mientras ella cocinaba, escuche esa letra, me decía, póngale asunto pues, y así empecé a tener otro criterio de dicha música, ya que hasta ese entonces consideraba al vallenato como algo demasiado trágico.
Se hizo costumbre ir hasta la peluquería donde trabajaba llamando a la gente, luego nos íbamos hasta su pieza, preparaba comida y me pedía que me quede a pasar la noche con ella, yo me marchaba antes de las siete de la mañana, iba a la casa de mis padres, que era donde vivía en esa época, a cambiarme de ropa, la dejaba aún dormida, desnuda, porque a Cinthia le gustaba dormir así, para que le haga el amor a cualquier hora de la madrugada por si se me antojaba, decía sonriendo.
Nunca se lo dije, pero siempre pensaba en cuántos, antes de mí, habían entrado a su pieza, habían comido en esa mesa circular de madera, habían amanecido con ella, se habían duchado con ella con las velas encendidas, porque yo sentía que todo se me había dado tan fácil, porque nunca me he considerado guapo ni de buen cuerpo, soy un tipo delgado, de nariz aguileña, de cabello
rebelde, pero con Cinthia casi que ni me había esforzado y todo se había dado de una manera tan perfecta.
Una sola vez me lo dijo: Me gusta un hombre que sea caballeroso, respetuoso, cariñoso, que le guste cocinar (aunque nunca dejó que cocine para ella), que le guste la lectura, que disfrute el arte en cualquiera de sus formas.
Que tenga siempre algo de qué hablar cuando sea eso lo que quiero hacer o que sepa acompañarme en los momentos en que sólo quiero estar en silencio.
Me gustan los hombres sensibles, que sepan tratar a una mujer con dulzura, que sean excelentes amantes, que digan con una mirada lo que a veces la boca no se atreve a decir.
Me gustan los hombres de verdad, los que no se vanaglorian divulgando la intimidad de una mujer, los que aprecian la belleza interior, los que les gustan los niños...
¡Me gustan los que hablan verdaderamente con orgullo y respeto de su madre, pues eso dice mucho más de su hombría, pues saben que vinieron al mundo desde el vientre de una mujer!
Me gustan aquellos que tienen buen humor, que me hacen reír, que me escuchan llorar, que disfrutan que les cante, que ría con mis ocurrencias, que se deje orientar cuando lo requiera y que humildemente permita que le halague cuando lo merezca.
Me gusta que sean ellos mismos, que no necesiten fingir en apariencias para agradar a los demás, que no se pasen de fanfarrones alardeando si tienen el mejor carro o la ropa más costosa, pues eso habla más de su materialismo que de otra cosa.
Me gustan los hombres que valoran los esfuerzos de los demás, que ve en una mujer una compañera de vida con quien avanzar, con quien dar frutos a la vida misma.
¡Me enamora un hombre que me trate como si fuese única y especial en su vida, en su mundo!
Me enamora un hombre que quiera desnudarme el alma antes que el cuerpo.
Y bueno, hay muchas cosas que me excitan...
Me excita el olfato una buena comida tanto como un hombre que huela a limpio, a delicioso, a varón, a piel, a sexo.
Me excita el gusto una rica bebida tanto como el sabor de un beso apasionado de un hombre que me encante.
Me excita el oído el canto de un ave, el trinar de las cuerdas de una guitarra, el grito de un golpe de tambor o que me digan al oído: ¡Te haré el amor hasta que quedes sin aliento!
Me excita la vista un gran paisaje natural, la sonrisa de un niño, el beso de un par de ancianos, hasta un hombre desnudo de espaldas a mí.
Me excita el tacto una suave caricia, el pétalo de una flor, el abrazo de alguien que no veo desde hace tiempo, la cosquilla de la brisa en las mejillas o una lengua hirviente recorriendo mi espalda o mis nalgas.
Me excita las entrañas recordar las patadas de Isabela cuando la gestaba desde mi vientre, la sensación dulce de besar por primera vez, la sensación de las mariposas cuando contemplas alguien que te enloquece.
Soy estricta con mi higiene personal, así que quien conozca mi intimidad se dará cuenta que huelo a miel, a tabaco, a café mañanero, a rosas en primavera, a Channel, a playa, a coco, a vida dulce, a erotismo... Un hombre que no tema besarme el cuerpo entero.
Que no le de asco clavarse entre mis piernas a enloquecerme con sexo oral, que no tema penetrar mi vagina con sus dedos mientras con locura me estremece con su lengua, que bese mis pechos como si fuera mi crío, con ganas de más, con avidez de calor humano...
Que me acaricie de pies a cabeza, que me contemple en mi más pura desnudez, pues ya habrá desnudado mi corazón, que huela mis cabellos, que muerda mi cuello, que estreche mi cintura entre sus manos, que apriete mis caderas con pasión, como si fuese el último día que las tuviera entre sus manos.
Que bese mi boca como si quisiese fusionarse conmigo, que penetre su lengua en mi boca mientras su pene me embiste con fiereza, que muerda mis labios mientras acaricio su pecho, que coja mis nalgas y las acaricie como un par de montañas...
Luego de eso creí que por primera vez entendía a una mujer, la fotografié varias veces, siento que le fotografié el alma, que capté su esencia y a nadie le conté lo que con ella estuve viviendo durante todo ese tiempo, me lo quedé para mí, y luego de un tiempo se lo conté a Tania.
Cinthia se marchó a Colombia luego de un tiempo, me dejó ubicado en su pieza, y así fue como tuve mis primeros enseres, que a la final ha sido lo único material que he tenido, pasaron unos meses y me cambié con todo a otra pieza en el centro de Guayaquil, nunca más supe de Cinthia, me dejó una dirección de correo electrónico, sin embargo, cada vez que le escribía, la carta no podía ser enviada.
No entiendo las razones que me hizo hablar de ella a Tania, quizás simplemente la extrañaba y en el fondo no lo reconocía. Aún conservo sus fotografías, mi preferida es una en la que está vestida con una blusa de tiras color beige, es casi un retrato, su mirada está hacia abajo, su cabello está hacia su hombro derecho, la luz que penetraba a través de la cortina le da un resplandor hermoso en su rostro. Levanta más la nalga mi amor, eso, así, te va a salir una foto preciosa, quiero aprovechar el resplandor en tus glúteos, le decía, y Cinthia se sentía mi musa y hacía todo  lo que le pedía, ¿pero no entiendo por qué tienes que desvestirte para hacerme las fotos?, me preguntaba sonriendo, para hacerte el amor luego, le respondía y le tiraba un besito y le apretaba despacio un pezón, siempre el derecho, sin saber por qué, pero siempre el derecho, luego su seno cabía en mi mano. Cada vez que paso por la calle Pedro Moncayo es inevitable recordarla, aquella morena preciosa de acento colombiano que me invitaba a que me corte el cabello en la peluquería en la que ella trabajaba.


Texto: Pedro Freire

sábado, 21 de mayo de 2016

Maythé... mi primer trans.

Yo desde chiquita me sentí mujercita, me gustaba jugar con las muñecas de mis hermanas y a veces me ponía la ropa de ellas a escondidas. Cuando tenía once años fue mi primera relación sexual con un hombre. Era un mecánico adulto del barrio que siempre me molestaba cuando yo estaba sola, un día me hizo pasar a su taller y… ay Dios mío, casi me muero, fue doloroso, sangré como por una semana.
Luego de ese relato ya no quise seguir escuchándolo, imaginé la escena de un hombre adulto, lascivo, observando a un pequeño que va a la tienda, o cuando sale a la escuela, imaginé su rostro y sentí fastidio y desprecio.
Saqué de mi bolsillo izquierdo del pantalón el tubo de vaporup, ese que sirve para inhalar, allí guardaba siempre un bate de marihuana, pensé en sacarlo y dar un par de pitadas, pero desistí de la idea y volví a guardarlo, Maythé lo notó y me preguntó qué era eso que tenía, que si era coca, que le regale una línea, le dije que no, que solo era un inhalador, me miró de pies a cabeza, hizo un gesto de disgusto y se marchó, caminó a su esquina de siempre a tratar de conseguir más clientes.
Nunca pensé estar con un trans y mucho menos en una situación así. Pensaba en las situaciones que me trajeron hasta aquí, pensaba en Jairo diciéndome que no hay nada como un culito de hombre, que son más estrechitos y aguantones, pensaba en las palabras de Eliezer que me decía que estar con un trans no tiene comparación, pensaba en el día que la vi a Maythé haciendo su trabajo en plena vereda, junto al pilar de una casa, recordé que así había estado con Tania hace unos meses atrás.
Tania es más alta que yo, tiene las piernas largas y unos pechos enormes, además dice que siempre anda húmeda, da clases de filosofía en un colegio de mujeres, al sur de la ciudad, escribe poesía erótica (que no me gusta) y lee tanto como tira. Una vez me dijo que le gustaría ser una prostituta para que un don nadie la fotografíe, le sonreí y la cité para hacerle las fotos, fuimos a una oficina desocupada de un amigo, nunca le hice las fotos, nos dedicamos a tirar, ella de pie contra la pared, como si la estuviera cacheando, abrió las piernas y brotó las nalgas, todo adentro y desde ahí siempre fue así y en el mismo lugar, siempre de pie, ella dándome la espalda, doblando las piernas abiertas y yo puteándola en su oído.
Así la vi a Maythé en plena José de Antepara, antes de las nueve de la noche, atorada por un tipo que tenía puesto un casco de moto en la cabeza, quizás para ocultar su identidad, la tenía abierta de piernas y él le daba sin pena, Mayté mordía sus labios, como si le gustara y eso me hizo recordar la cara infame de muchas putas que quedan mirando al techo o haciendo como si nada cuando uno está con ellas, luego te apuran y te despachan con un besito en la mejilla, qué cosa para más triste.
No he tenido suerte últimamente, tengo la impresión de que las mujeres me huyen, al menos las que conozco, y para ser sincero, me da pereza empezar a relacionarme con alguien, no quiero sorpresas, no quiero disgusto, si puedo tirar con alguien que conozco lo hago, prefiero evitar la gente nueva, tampoco quiero estar con putas… pero estar con un trans es algo que no lo tenía en mis planes.
Guayaquil es una ciudad movida, hay mucho ajetreo durante el día, mucho congestionamiento vehicular, mucho comercio formal e informal. Pero en la noche es otra ciudad, hay calles que se vuelven solitarias y peligrosas, hay calles que se llenan de prostitutas y hay calles que se llenan de trans, una de esas es la Luque, otra es la Antepara y así varias, pero Mayté se para en la intersección de ambas calles.
Fui directo a donde ella estaba, le pregunté su nombre y le dije que estaba muy guapa, gracias papito, me contestó, me puso la mano en mi espalda y empezó a bajar la mano, me dijo que tengo la espalda dura, también me preguntó si así de dura tengo la verga, me puso la mano en la entrepierna y empezó a sobarme el miembro.
Nunca antes te he visto por aquí, me dijo, ¿eres nuevo?, digo, ¿nunca has estado con una mujer como yo?, le respondí con una mentira, le dije que varias veces, no quería quedar mal y por eso le respondí de esa manera. Mira papito, 15 dólares anal y oral porque chepa no tengo así que no te ofrezco lo que no tengo, pero eso sí, ¡bien despachadito!.
Y ¿dónde lo haremos?
Por acá a la vuelta
¿Dónde exactamente?
En un zaguán, querido, deja la paranoia, esta es mi esquina y aquí me encontrarás siempre.
El otro día te vi apoyada sobre ese pilar, al aire libre, trabajando, ahí mismo quiero yo, ¿te parece?
No, porque en estos días están haciendo batida y no hay que dar chance a esos policías afrentosos que solo quieren sacarnos el billete, miserables de mierda, pero la vida se ha de encargar de darles hijos gays.
Bueno, vamos entonces, y empezamos a caminar. ¿Cómo te llamas y cuántos años tienes?
Me llamo Maythé, tengo 19 años.
¿Y desde hace cuánto te dedicas a esto?
Mmmm como desde los 16.
¿Cómo así?
Mmmmm en mi casa siempre papá me decía que le daba coraje de ver que yo era amariconado, me llevaba al estadio, me hablaba de fútbol, pero por gusto, a mi no me gustaban esas cosas. Me decía que cuando cumpliera quince me iba a llevar a la 18 para que se me quite la mariconada y un día me pegó y me botó de la casa porque me encontró usando ropa de mi hermana, me dijo de todo, que era un enfermo, que era una vergüenza para la familia, que les daba mal ejemplo a mis hermanas.
¿Y qué hiciste?
Me fui a la casa de un amigo, él también era gay, a él la familia no le decía nada, la mamá lo aceptaba y lo quería mucho.
¿Y tu mamá?
Ella hacía todo lo que mi papá decía, era bien sometida mi viejita, le suplicó a mi padre que no me bote pero fue inútil, lloraba de rodillas ante él y lo que se ganó fue una cachetada y la acusación de mi padre, le decía que todo esto era por culpa de ella que me había engreído mucho y que por eso yo era así.
¿Y tus hermanas?
Ay no, cada vez que me acuerdo de sus caritas llorando se me parte el corazón, mis ñañitas, pero bueno.
¿Y tu padre qué dice ahora?
Mi padre falleció hace un par de años, antes de morir me pidió disculpas y me dijo que cambie, que esas cosas a Dios no le agradan, es que había empezado a ir a la iglesia evangélica cuando le detectaron cáncer en la próstata, porque era bien putañero, se jactaba de ser un buen culeador, decía que eso era herencia del padre, por eso le daba coraje que yo sea maricón.
¿Te sentiste mejor cuando murió?
La verdad si me dio mucha pena, fue duro, aparte él era el que se encargaba de los gastos de la casa, y como nunca había dejado trabajar a mi mamá la cosa se puso color de hormiga. Lo que yo ganaba en la peluquería no alcanzaba y ya pues luego decidí trabajar en esto y así saco a mi madre y hermanas adelante.
Lo observé de pies a cabeza, habíamos llegado al zaguán, mi lívido estaba por los suelos, mis ganas se habían desvanecido, metí la mano en mi bolsillo izquierdo, volví a sacarla. Hice un largo suspiro, le miré el rostro, parecía el de una mujer, sus labios bien formados y carnosos, sus ojos encendidos, su nariz perfilada.
Mayté, te voy a dar los 15 dólares que acordamos, no creo que pueda estar contigo, me acordé de algo y me siento mal.
Tu te lo pierdes, papito. Pero tranqui, no me des nada, así tengo la esperanza de que regreses otro día y poderme comer ese huevito. Por cierto, no me has dicho tu nombre ni quién eres.
Nadie, no importa mi nombre... 

















Foto (referencial): Pedro Freire
Texto: Pedro Freire