lunes, 24 de octubre de 2016

Monse...

Siempre le decía a Monse que ella era mi isla de paz, que ir a meterme a su cama después de una  larga jornada laboral rodeada de muertos y dramas era reconfortante, que me encantaba llegar tarde, cerca de la medianoche, y hacerle el amor como nadie se lo había hecho durante su día de trabajo, que me gustaba devorar su boca, que no me importaba cuántas vergas había mamado,  que al final esa boca era mía, que esos besos eran para mí, y de manera muy cínica le pedía que no arruine eso, que mantengamos esa relación así, sin jodernos, sin celarnos, amaneciendo juntos cuando nos necesitemos… cuando nos necesitemos, si el necesitado siempre fui yo, si el que terminó abandonando la isla de paz fui yo.

Siempre me decía que cuando estaba conmigo se olvidaba de todo, que se olvidaba de cuantos hombres había atendido en el día, que todo era automático: 
sonreír, 
coquetear, 
hacerlos venir hasta donde ella, 
negociar, 
ir al cuarto,
darles un besito en la mejilla, 
desvestirse, 
ponerles el condón, 
chupárselos hasta que se les ponga dura, 
acostarlos, 
sentarse sobre ellos, 
mirarlos, 
saltar sobre ellos, 
preguntarles si quieren en cuatro o patas al hombro 
y luego apurarlos para que acaben pronto, 
que no se sentía nada, pero contigo me olvido de todo ¡y ya!, 
no me estés preguntando esas cosas, me decía 
y yo me sentía su macho.
























Texto y Foto: Pedro Freire

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